jueves, 13 de agosto de 2026

¿Cuántas cervezas caben en este poema?

 

Quiero leer a Cortazar, 
pero sin decirle al cardiólogo
que ya voy por mi tercer cerveza
y aún no he desayunado,

voy a ocultarle también
que anoche me desperté
sudando y agitado, pensando en ti,
y aún no sé que pasó primero.

Que me gusta saber y sabor
de ti y de tus piernas
pero no más que besar
una cerveza;

que me perdonen mis viudas
toditas, todas, pero
ninguno de sus besos es mejor
que el primer trago de la botella.

Tampoco voy a decirle
a mi psicóloga - pobre ingenua -
que estoy confundiendo otra vez 
amor con sexo

sin compromiso haciendo caso omiso
de su recomendación
de sentar cabeza y ponerme en paz,
buscar mujer buena

y no sólo la más - ídem -
en cada bar a media noche,
cerveza en mano,
urgencia en otra;

o a medio día
cuándo me levanto sin saber
quién está a mi lado,
que ahí se quede, por lo pronto tsssst

abro la primer cerveza del día,
la número veinte - quizá -
de la noche que aún no termina
aunque ya esté jodiendo el sol

y la gente esté apurada en llegar,
a no sé dónde, ¿para qué carajos?
Me acerco su boca a falta de besos,
y el ambar me recorre y me convence

de que el alma reacciona al frío,
que el calor siempre fue enemigo
del primer trago y del último
intento de confesarme herido.

Que la música me salve,
que la cerveza cauterice dentro
alma, corazón, tripas, pecho,
pasado, intentos, insomnios.

Tssst, esta se fue pronto,
quizá no bebo por soledad,
ni para olvidar, lo sé
porque pago por adelantado

caricias, delicias, con encaje prestado,
quizá bebo para apagar el infierno
en que vivo, escribo, muero, aunque
- en el fondo - prefiera seguirme quemando.